Emma

Emma

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Confiaba en que podrían volver a ser buenos amigos. Le parecía que ya era hora de hacer las paces. Pero la verdad es que no iban a hacer las paces. Desde luego ella tenía razón, y él jamás reconocería que no la había tenido. O sea que era indudable que ninguno de los dos cedería; pero era la ocasión de aparentar que habían olvidado su disputa; y cuando él entró en la estancia, Emma, que estaba con uno de los pequeños, pensó que aquella era una buena oportunidad que podía contribuir a reanudar su amistad; la niñita era la menor de los hermanos y tenía unos ocho meses; era su primera visita a Hartfield, y parecía muy satisfecha de sentirse mecida por los brazos de su tía. Y efectivamente la oportunidad fue favorable; pues aunque él empezó poniendo cara muy seria y haciendo preguntas bruscas, no tardó en hablar de los pequeños en el tono ordinario, y en quitarle la niña de los brazos con toda la falta de ceremonia de una perfecta amistad. Emma se dio cuenta de que volvían a ser amigos; al principio ello le produjo una gran satisfacción, y luego le inspiró una cierta insolencia, y no pudo por menos de decirle mientras él admiraba a la niña:

—Es un consuelo que por lo menos estemos de acuerdo respecto a nuestros sobrinos y sobrinas. Porque a veces sobre las personas mayores tenemos opiniones muy distintas; pero respecto a estos niños observo que siempre estamos de acuerdo.


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