Emma

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El señor Knightley le había hecho muchas observaciones acerca de ello, y la propia Emma se daba cuenta también de que ésta era una de sus deficiencias… pero nada podía imponerse a la impresión de que era una visita muy poco grata… de que eran unas señoras aburridísimas… y sobre todo al horror del peligro que corría de encontrarse allí con la gente de medio pelo de Highbury, que siempre estaban visitándolas y por lo tanto raras veces se acercaba por aquella casa. Pero ahora adoptó la súbita decisión de no pasar por delante de su puerta sin entrar… observando, cuando se lo propuso a Harriet, que según sus cálculos, en aquellos días estaban completamente a salvo de una carta de Jane Fairfax.

La casa pertenecía a una familia de comerciantes. La señora y la señorita Bates ocupaban la planta de la sala de estar; y allí, en la reducida habitación que les servía de todo, los visitantes eran recibidos con gran cordialidad e incluso con gratitud; la pulcra y plácida anciana que se hallaba sentada en el rincón más caliente con su labor, quería incluso levantarse para ceder su sitio a la señorita Woodhouse, y su hija, más activa y habladora, seguía como siempre abrumándoles con atenciones y amabilidades, agradeciéndoles la visita, preocupándose por sus zapatos, interesándose vivamente por la salud del señor Woodhouse, dándoles buenas noticias acerca de la de su madre, y ofreciéndoles el pastel que había sobre el aparador.


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