Emma
Emma Sus motivos eran tan poco justificados… todos y cada uno de los defectos que le imputaba estaban tan agrandados por su imaginación, que siempre que veía por primera vez a Jane Fairfax después de una ausencia considerable tenía la sensación de haber sido injusta con ella; y ahora, cuando efectuó la anunciada visita, a su llegada, después de un intervalo de dos años, Emma quedó extraordinariamente sorprendida al ver los modales de aquella muchacha a la que había estado menospreciando durante dos años enteros. Jane Fairfax era muy elegante, notablemente elegante. Su estatura era proporcionada, como para que casi todo el mundo la considerase alta, y nadie pudiera pensar que lo era demasiado; su figura era particularmente agraciada; un justo término medio, ni demasiado gruesa ni demasiado delgada, aunque una leve apariencia de salud un tanto frágil parecía descartar la posibilidad del más probable de esos dos peligros. Emma no pudo por menos de darse cuenta de todo esto; y además en su rostro, en sus facciones, había mucha más belleza de lo que ella creía recordar; sus facciones no eran muy regulares, pero sí de una belleza muy agradable. Nunca había regateado su admiración por aquellos ojos de un gris oscuro y aquellas pestañas y cejas negras; pero la tez, a la que siempre había solido poner reparos por descolorida, tenía una luminosidad y una delicadeza que ciertamente no necesitaba mayor lozanía. Era un tipo de belleza en el que el rasgo predominante era la elegancia, y por lo tanto, en conciencia y de acuerdo con su criterio, no podía por menos de admirarla… elegancia que, tanto en lo exterior como en lo espiritual tenía muy pocas ocasiones de encontrar en Highbury. Allí no ser vulgar era una distinción y un mérito.