Emma

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Exceptuando esta pequeña mancha, Emma consideraba que hasta entonces sólo podía juzgar muy favorablemente el comportamiento del joven. La señora Weston no se cansaba de repetir lo atento y amable que se mostraba siempre para con ella y las muchas cualidades que en conjunto poseía su persona. Era de carácter muy abierto, alegre y vivaz; no veía nada de malo en sus principios, y sí en cambio mucho de inequívocamente bueno; hablaba de su tío en términos de gran afecto, le gustaba citarle en su conversación… decía que sería el hombre más bueno del mundo si le dejaran obrar según su modo de ser; y aunque no profesaba el mismo cariño a su tía, no dejaba de reconocer con gratitud las bondades que había tenido para con él, y daba la impresión de que se había propuesto hablar siempre de ella con respeto. Todo ello obligaba a concederle un margen de confianza; y sólo por la desdichada fantasía de querer cortarse el cabello no podía considerársele indigno de la alta estima con que en su fuero interno Emma le distinguía; estima que si no era exactamente un sentimiento de amor por él, estaba muy cerca de serlo, y cuyo único obstáculo era su terquedad (aún seguía firme en su decisión de no casarse nunca)… estima que, en resumen, se traducía en el hecho de que Emma le consideraba por encima de todas las demás personas que conocía.



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