Emma

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Y abordando a la señorita Bates, que en aquel momento pasaba cerca de allí, le dijo:

—Señorita Bates, ¿está usted loca? ¿Cómo deja que su sobrina siga cantando con la ronquera que ya tiene? Haga algo por impedirlo. No tienen compasión de ella.

La señorita Bates, que estaba ya verdaderamente preocupada por la garganta de Jane, apenas sin tiempo para agradecer esta indicación, se dirigió hacia el grupo e impidió que su sobrina siguiera cantando. Y aquí terminó, pues, el concierto de la velada, ya que la señorita Woodhouse y la señorita Fairfax eran las únicas jóvenes presentes que sabían música; pero muy pronto (al cabo de unos cinco minutos) alguien —sin que se supiera exactamente de quién había partido la iniciativa— propuso bailar, y el señor y la señora Cole acogieron la idea con tanto entusiasmo que rápidamente se empezó a desembarazar el salón de estorbos para dejar espacio libre. La señora Weston, especialista en las contradanzas, se sentó al piano, y empezó a tocar un irresistible vals; y Frank Churchill, acercándose a Emma con un gesto irreprochablemente galante, la tomó de la mano y ambos iniciaron el baile.



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