Emma

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El segundo motivo de inquietud se refería también a Jane Fairfax; y aquí sí que no cabía ninguna duda. A Emma le dolía de un modo clarísimo e inequívoco su inferioridad en la interpretación y en el canto. Lo que más lamentaba era la pereza de su niñez… y se sentó al piano y estuvo haciendo prácticas durante una hora y media.

Le interrumpió la llegada de Harriet; y si el elogio de Harriet hubiese podido satisfacerla, no hubiese tardado mucho en consolarse.

—¡Oh! ¡Si yo pudiese tocar tan bien como tú y la señorita Fairfax!

—No nos pongas a la misma altura, Harriet. Compararme con ella es como comparar una lámpara con la luz del sol.

—¡Oh, querida…! A mí me parece que de las dos tú eres la que tocas mejor. Tú lo haces tan bien como ella. Te aseguro que yo prefiero escucharte a ti. Ayer por la noche todo el mundo decía que tocabas muy bien.

—Los que entienden algo en música tienen que haber notado la diferencia. La verdad, Harriet, es que yo sólo toco como para que se me hagan algunos elogios, pero la ejecución de Jane Fairfax está mucho más allá de todo eso.


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