Emma

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Él se las ingenió de modo que Emma se sentase a su lado; y se mostró tan solicito que eligió para ella la manzana mejor asada, intentando que la joven le ayudara o le aconsejara en el trabajo que hacía, hasta que Jane Fairfax volvió a estar dispuesta a sentarse de nuevo al piano. Pasó un rato antes de hacerlo, y Emma sospechó que la pausa era debida a su nerviosismo. Hacía poco tiempo aún que poseía el instrumento y no podía tocarlo sin cierta emoción; tenía que dominar sus nervios antes de poder tocar normalmente; y Emma no pudo por menos de compadecerse de ella y comprender sus reacciones, fueran cuales fuesen sus motivos, y decidió no volver a hablar más de sus sospechas a su joven amigo.

Por fin, Jane empezó a tocar, y aunque los primeros acordes resultaron demasiado débiles, gradualmente fueron poniéndose de manifiesto todas las posibilidades del instrumento. La primera vez la señora Weston había quedado encantada de su sonoridad, y ahora volvía a estarlo; y los calurosos elogios de Emma se unieron a los suyos; y después de haber matizado debidamente las frases de encomio, el piano fue considerado en conjunto como un magnífico instrumento.




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