Emma
Emma —Sà —dijo Jane—, ya hemos oÃdo sus amables ofrecimientos, lo hemos oÃdo todo.
—¡Oh, sÃ, querida, ya supongo que habéis podido oÃrlo!; porque, verán ustedes lo que pasaba, la puerta estaba abierta y la ventana también, y el señor Knightley hablaba en voz muy alta. Desde luego, seguro que han tenido que oÃrlo todo. «¿Desea usted algo de Kingston?», me ha dicho; y yo, claro, me he acordado… ¡Oh!, señorita Woodhouse, ¿ya tiene usted que marcharse? Pero si acaba de llegar… Ha sido usted tan amable…
Emma consideró que ya habÃa llegado la hora de volver a su casa; la visita habÃa durado mucho; y al consultar los relojes vieron que habÃa pasado buena parte de la mañana, de modo que la señora Weston y su acompañante también se despidieron, sin poder permitirse más que acompañar a las dos jóvenes hasta la entrada de Hartfield antes de tomar el camino de Randalls.