Emma

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La señora Weston estaba radiante de alegría; y así lo dejaban traslucir su rostro y sus palabras. Era feliz, se daba cuenta de que era feliz y se daba cuenta también de que debía serlo. Felicitó a su esposo de un modo entusiasta y sincero. Pero Emma no se sentía tan comunicativa. Estaba un poco absorta, sopesando sus propios sentimientos, y tratando de comprender hasta qué punto se hallaba inquieta; la impresión que tenía era que lo estaba bastante.

Sin embargo, el señor Weston, demasiado impaciente para ser un buen observador, demasiado locuaz para desear que los demás hablasen, se contentó con lo que ella le dijo, y no tardó en ir de un lado a otro para hacer felices al resto de sus amigos, para hacerles partícipes individualmente de una noticia que todos los del salón ya habían oído.

Como daba por descontado que la nueva iba a causar alegría a todo el mundo, no advirtió que ni el señor Woodhouse ni el señor Knightley quedaban demasiado complacidos con ella. Ellos fueron los primeros, después de la señora Weston y Emma, a quienes quiso hacer felices; luego hubiese comunicado la noticia a la señorita Fairfax, pero ésta se hallaba conversando tan animadamente con John Knightley que no hubiese sido correcto interrumpirles. Y encontrándose al lado de la señora Elton, cuya atención nadie retenía, se vio obligado a tratar de la cuestión con ella.


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