Emma
Emma Frank Churchill parecÃa haber estado esperándolas; y aunque fue parco en palabras, sus ojos declaraban que se proponÃa pasar una velada deliciosa. Todos juntos se pusieron a recorrer los salones para comprobar que todo estaba en orden; y al cabo de unos minutos se les unieron los invitados que acababan de llegar en otro coche; al oÃr el ruido Emma, sorprendidÃsima, estuvo a punto de exclamar: «¡Pero si aún es muy temprano!»; pero en seguida vio que los recién llegados eran viejos amigos a quienes como a ella se habÃa rogado que acudieran lo antes posible para ayudar con sus consejos al señor Weston; y a ese coche no tardó en seguir otro de unos primos, a quienes también se habÃa suplicado encarecidamente que llegaran temprano por el mismo motivo, de modo que daba un poco la impresión de que la mitad de los invitados tenÃan que reunirse previamente con objeto de proceder a la última inspección preliminar.
Emma se dio cuenta de que su criterio no era el único criterio en el que confiaba el señor Weston, y pensó que ser amiga predilecta e Ãntima de un hombre que tenÃa tantos amigos Ãntimos de toda confianza no era lo que más podÃa halagar la vanidad. Le gustaba su carácter abierto, pero un poco menos de cordialidad con todo el mundo hubiese contribuido a dar más relieve a su personalidad. Un hombre debÃa ser amable con todos, pero no amigo de todos… Y Emma pensaba en alguien que era exactamente asÃ…