Emma
Emma El cambio experimentado por ella fue parecido… Aquella media hora había dado a ambos la misma inapreciable certeza de ser amados, había disipado en uno y otro las mismas brumas de la incomprensión, de los celos, de la desconfianza… Por parte de él habían sido unos celos muy antiguos, que se remontaban a la época de la llegada de Frank Churchill, e incluso antes, cuando aún se le esperaba… Había estado enamorado de Emma y celoso de Frank Churchill desde aquellos días en los que probablemente un sentimiento le había permitido darse cuenta del otro… Habían sido sus celos de Frank Churchill que le habían hecho dejar Highbury… La excursión a Box Hill le había impulsado a partir. Consideró que por lo menos así evitaría el volver a ser testigo de todas aquellas atenciones que ella permitía y alentaba… Se había ido para aprender a ser indiferente… Pero para ello había elegido un mal lugar. Había demasiada felicidad doméstica en la casa de su hermano; la mujer representaba allí un papel demasiado atractivo; Isabella se parecía demasiado a Emma… diferenciándose sólo de ella en una serie de cosas en las que era claramente inferior, y que no hacían más que evocarle con mucha más fuerza el recuerdo de su amiga; por mucho que hubiese hecho, aunque se hubiese quedado allí mucho más tiempo, hubiese sido inútil. Sin embargo, permaneció allí tercamente, día tras día… hasta que aquella misma mañana el correo le había traído la historia de Jane Fairfax… Entonces, junto a la alegría que forzosamente debía sentir, y que no sentía el menor escrúpulo en sentir, porque nunca había creído que Frank Churchill mereciera a Emma, surgió en su ánimo una solicitud tan afectuosa, una inquietud tan intensa por ella, que no pudo seguir en Londres ni un día más. Había regresado a Highbury bajo la lluvia; e inmediatamente después de comer se había encaminado a Hartfield para ver cómo la mejor y la más encantadora de todos los seres humanos, perfecta a pesar de sus imperfecciones, sobrellevaba la noticia.