Emma
Emma —Esas cosas se solucionan solas; ellos ya encontrarán el modo de resolverlo.
Pero en aquel caso no era necesario aplazar ningún conflicto ni hacer vagas suposiciones sobre el futuro. Todo resultaba satisfactorio, claro, perfecto. Nadie hacÃa un sacrificio digno de ese nombre. Era una boda que ofrecÃa las máximas perspectivas de felicidad, y en la que no existÃa ninguna dificultad efectiva, razonable para que nadie se opusiese a ella, o para que fuera preciso aplazarla.
La señora Weston teniendo a su hija en el regazo, y pudiendo hacerse todas estas reflexiones, era una de las mujeres más felices del mundo. Y si algo existÃa que pudiese aumentar aún más su dicha, era el advertir que el primer juego de gorritos no tardarÃa mucho en venirle pequeño a la niña.
Cuando se difundió la noticia constituyó una sorpresa para todos; y durante cinco minutos el señor Weston fue uno de los más sorprendidos; pero cinco minutos bastaron para que su viveza mental le familiarizara con la idea… En seguida vio las ventajas de aquella boda, y su alegrÃa no fue inferior a la de su esposa; pero no tardó en olvidar el asombro que le habÃa producido la noticia; y al cabo de una hora casi estaba a punto de creer que él siempre habÃa imaginado que acabarÃa ocurriendo una cosa asÃ.