Emma
Emma —Le doy mi palabra de que creo que la conoce usted tan bien como yo… Pero, señor Knightley, ¿está usted completamente seguro de que le ha aceptado inmediatamente, sin ningún reparo? Yo hubiese podido suponer que con el tiempo… pero ¡tan pronto ya…! ¿Está seguro de que entendió usted bien a su amigo? Los dos debieron de estar hablando de muchas cosas más: de negocios, de ferias de ganado, de nuevas clases de arados… ¿No es posible que al hablar de tantas cosas distintas usted le entendiera mal? ¿Era la mano de Harriet de lo que él estaba tan seguro? ¿No eran las dimensiones de algún buey famoso?
En aquellos momentos el contraste entre el porte y el aspecto del señor Knightley y Robert Martin se hizo tan acusado para Emma, era tan intenso el recuerdo de todo lo que le habÃa ocurrido recientemente a Harriet, tan actual el sonido de aquellas palabras que habÃa pronunciado con tanto énfasis —«No, creo que ya tengo demasiada experiencia para pensar en Robert Martin»—, que esperaba que en el fondo esta reconciliación fuese aún prematura. No podÃa ser de otro modo.
—¿Cómo puede decir una cosa asÃ? —exclamó el señor Knightley—. ¿Cómo puede suponer que soy tan necio como para no enterarme de lo que me dicen? ¿Qué merecerÃa usted?