Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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—Pero ¿no has recibido mis notas? —exclamó Marianne con ansiedad extrema—. Debe tratarse de algún malentendido… un malentendido horrible. ¿Qué significa todo esto? Dímelo, Willoughby, dime, por el amor de Dios, ¿qué está ocurriendo?

Willoughby no contestó; mudó de color y volvió todo su azoramiento; pero, como si sintiera, al advertir que la joven con la que estaba hablando antes le estaba mirando, la necesidad de sobreponerse de inmediato, templó sus ánimos, y después de decir: «Sí, tuve el placer de recibir la noticia de que había llegado a la ciudad; fue usted muy amable al enviarla», se retiró apresuradamente con una leve reverencia y volvió al lado de su amiga.

Marianne, mortalmente blanca, e incapaz de sostenerse en pie, se hundió en la silla, y Elinor, temiendo que de un momento a otro fuera a desmayarse, intentó ponerla a resguardo de las miradas ajenas, al tiempo que la reanimaba con agua de lavanda.

—Ve a hablar con él, Elinor —sollozó Marianne, en cuanto pudo hablar—, oblígale a venir aquí. Dile que tengo que verle otra vez… que debo hablar con él ahora mismo. No descansaré. No tendré un momento de paz hasta que todo esto se haya explicado… por algún terrible malentendido… Oh, ve, ve ahora mismo.


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