Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento 
Al día siguiente, antes de que la doncella hubiera encendido la chimenea, o de que el sol hubiese podido ganar un poco de terreno a una fría y lóbrega mañana de enero, Marianne, apenas a medio vestir, estaba de rodillas frente a una silla junto a la ventana, dispuesta a aprovechar su escasa luz, y ocupada en escribir algo con toda la rapidez que un continuo torrente de lágrimas podía permitir. Fue en este estado como Elinor, despertada por su agitación y sus sollozos, se la encontró; y, después de observarla unos minutos con silenciosa expectación, dijo, en un tono de delicadeza extrema:
—Marianne, ¿puedo saber…?
—No, Elinor —respondió—, no me preguntes nada; no tardarás en saberlo todo.
La especie de desesperada calma con que se dijeron estas palabras no se prolongó más allá del tiempo empleado en pronunciarlas, y en un momento volvió Marianne a ser presa de la misma exagerada desolación. Tardó algunos minutos en poder reanudar su carta, y los frecuentes accesos de dolor que aún la obligaron, a intervalos, a detener su pluma fueron para Elinor prueba suficiente de que, casi con toda probabilidad, estaba escribiendo por última vez a Willoughby.
