Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento —No en diligencia, por supuesto —repuso la señorita Steele, rápida y exultante—. Alquilamos un coche de posta para todo el camino, acompañadas por un joven muy elegante. El reverendo Davies se disponÃa a ir a la ciudad, asà que pensamos alquilar un coche con él; se portó como un caballero, y pagó diez o doce chelines más que nosotras.
—¡Oh, oh! —exclamó la señora Jennings—. ¡Qué bonito gesto! Y el reverendo está soltero, seguro.
—Pues ahora resulta —dijo la señorita Steele, con cara de tonta— que todo el mundo me gasta bromas a propósito del reverendo, y no sé por qué. Mis primos dicen que sin duda he hecho una conquista; pero yo puedo decirle que no pienso en él más de dos veces en una hora. «¡Dios mÃo! Mira, allà tienes a tu galán, Nancy[7]», me dijo mi primo el otro dÃa, cuando le vimos cruzar la calle en dirección a la casa. ¡Mi galán, por Dios!, dije yo… No sé de qué estás hablando. El reverendo no es mi galán.
—SÃ, sÃ, tiene usted mucha labia, querida… pero de nada le servirá. Ya veo que el reverendo es su hombre.
—¡No, por Dios! —repuso su prima, con afectada seriedad—; y le ruego que lo desmienta, si alguna vez lo oye decir.