Juicio y sentimiento

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CAPÍTULO XLIII

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Marianne se levantó a la mañana siguiente a la hora acostumbrada; dijo que estaba mejor a todos cuantos le preguntaron, y quiso demostrarlo ocupándose de sus quehaceres habituales. Pero pasarse el día temblando, sentada junto al fuego con un libro en la mano que era incapaz de leer, o echada en un sofá, lánguida y exánime, no parecía indicar mucha mejoría; y cuando finalmente, a una hora temprana, decidió irse a acostar, cada vez más indispuesta, el coronel Brandon se quedó sencillamente atónito de ver la compostura de Elinor, la cual, aunque la acompañó y atendió todo el día contra su voluntad, y la obligó a tomar por la noche las medicinas oportunas, confiaba, como la misma Marianne, en la seguridad y la eficacia del sueño, y no daba muestras de alarma.

Una noche febril y agitada, sin embargo, dio al traste con las esperanzas de ambas; y cuando Marianne, después de insistir en levantarse, confesó que era incapaz de tenerse en pie, y regresó voluntariamente a la cama, Elinor adoptó rápidamente el consejo de la señora Jennings y avisó al boticario de los Palmer.


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