Juicio y sentimiento

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CAPÍTULO XLVIII

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Elinor descubría ahora la diferencia entre aguardar un triste acontecimiento, por mucho que hubiera querido convencerse de su certeza, y la certeza misma. Ahora descubría que, sin pretenderlo, siempre había cobijado la esperanza de que algo fuera a ocurrir, mientras Edward siguiese soltero, que le impidiera casarse con Lucy, de que alguna reflexión suya, la intervención de algún amigo o alguna oportunidad más conveniente para el futuro de la señorita habrían de acudir en auxilio de la felicidad de todos. Pero Edward ya estaba casado, y ella recriminaba a su corazón haberla agasajado con secretas ilusiones que recrudecían ahora los sinsabores de la noticia.

Al principio le sorprendió un poco que se hubiera casado tan pronto, antes (así lo creía) de haberse ordenado, y por consiguiente antes de haber podido tomar posesión del beneficio. Pero no tardó en pensar cuán probable era que Lucy, que tanto miraba por sí misma, y con la prisa que tenía en asegurárselo, hubiera pensado que podía arriesgarse a todo menos a un retraso. En fin, se habían casado, en la ciudad, y ahora corrían a casa de su tío. ¡Qué habría dicho Edward al saberse a cuatro millas de Barton, al ver al criado de su madre, al oír el mensaje de Lucy!


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