Juicio y sentimiento
Juicio y sentimiento Las cartas de Londres, que unos pocos días antes habrían sacudido todos los nervios de Elinor en un arrobado estremecimiento, llegaron entonces para ser leídas con menos emoción que alborozo. La señora Jennings escribió contando las portentosas noticias, desahogando su virtuosa indignación contra la muchacha que había abandonado al pobre Edward al pie del altar, y derramando su compasión sobre el joven que, estaba convencida, había idolatrado a aquella desventurada tunanta, y que ahora, según todos los indicios, se encontraba casi destrozado en Oxford. «No creo —continuaba diciendo— que nunca haya habido plan más taimado, pues no hacía ni dos días que Lucy había venido a visitarme y a pasar un par de horas conmigo. Nadie sospechaba ni una palabra del asunto, ni siquiera la pobre Nancy, quien, pobrecita, vino a verme llorando al día siguiente, asustadísima por la señora Ferrars, y también porque no sabía cómo irse a Plymouth: al parecer, antes de casarse, Lucy le pidió prestado todo su dinero, suponemos que para poder darse aires, y la pobre Nancy estaba sin blanca, por lo que tuve el gusto de darle cinco guineas para que volviera a Exeter, donde pensaba quedarse tres o cuatro semanas en casa de la señora Burgess, por si, como yo le dije, volvía a tropezar con el reverendo. Y debo decir que la desfachatez de Lucy al no llevársela en el landó es realmente el colmo. ¡Pobre señor Edward! No puedo quitármelo de la cabeza, pero usted debe hacerle ir a Barton, y la señorita Marianne debe intentar consolarle».