Juicio y sentimiento

Juicio y sentimiento

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Sir John fue a visitarlas aquella mañana tan pronto como el siguiente lapso de tiempo despejado le permitió salir de casa; y, habiéndole sido relatado el accidente de Marianne, se le interrogó con apremio sobre si conocía a algún caballero en Allenham que se llamara Willoughby.

—¡Willoughby! —exclamó—. Vaya, ¿está en el campo? Buena noticia, se mire como se mire; mañana saldré a caballo y le invitaré el jueves a cenar.

—Entonces le conoce —dijo la señora Dashwood.

—¡Conocerle! Por supuesto que sí. Vaya si no, viene todos los años.

—¿Y qué clase de joven es?

—De lo mejor, señora; se lo digo yo. Un tirador muy respetable, y no hay en Inglaterra jinete más audaz.

—¿Y eso es todo cuanto puede decirnos en su favor? —exclamó Marianne, indignada—. Pero ¿cómo se comporta cuando se le conoce más íntimamente? ¿Cuáles son sus intereses, sus talentos, su genio?

Sir John estaba bastante desconcertado.

—A fe mía —dijo— que no le conozco tanto como para decir todo eso. Pero es un muchacho simpático, de buen talante, y tiene una perra pointer negra que es la más bonita que he visto en mi vida. ¿La llevaba con él?


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