La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Y, sin embargo, así iba a ser. Con todas las posibilidades que había de que fuera una casa normal, una casa solariega, una mansión o un palacete, Northanger resultaba ser nada menos que una abadía, y ella iba a vivir allí. Sus pasillos largos y húmedos, sus angostas celdas, la capilla en ruinas, estarían diariamente a su alcance, y no era fácil renunciar a la esperanza de escuchar alguna leyenda o encontrar el terrible memorial de alguna monja ofendida y desventurada.
Era sorprendente que sus amigos no parecieran más dichosos de poseer una residencia así; que aceptaran el hecho sin inmutarse. Sólo el influjo de una costumbre adquirida en edad temprana podía explicarlo. La distinción que se traía desde la cuna no producía orgullo. Residir en un lugar mejor que los demás no significaba para ellos más que el estar dotado de mayor atractivo físico.