La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger La actitud de la señorita Tilney y la sonrisa de Henry disiparon en seguida algunos de sus temores; pero aún se hallaba lejos de estar a sus anchas, y las incesantes atenciones del general no la tranquilizaban del todo. Es más, por absurdo que pueda parecer, pensaba que tal vez se habría sentido menos aprensiva si le hubiesen dedicado menos atenciones. Los desvelos del general por hacerla sentirse a gusto, sus continuas invitaciones a que comiera y sus constantes temores de que no encontrara nada de su gusto, aunque nunca en su vida había contemplado tanta variedad en una mesa de desayuno, le impedían olvidar por un momento su condición de invitada. Se consideraba completamente indigna de tal consideración y no sabía cómo responder a ella. Tampoco contribuyó a calmarla la impaciencia del general ante la tardanza de su hijo mayor, el capitán Tilney, ni el modo en que expresó su disgusto al verlo bajar por fin. Le dolía profundamente la severidad de los reproches de aquel padre, que parecían desproporcionados con respecto a la falta; y su preocupación aumentó aún más al descubrir que la principal causante de la regañina era ella misma y que su retraso se consideraba grave sobre todo por la falta de respeto que representaba hacia la invitada. Esto era ponerla en una situación muy incómoda y sintió una gran compasión por el capitán Tilney, aunque de él no podía esperar su simpatía.