La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger El ajetreo de los preparativos del viaje no resultó nada agradable. Daban las diez cuando bajaron los baúles, y a esa hora el general tenía previsto haber salido ya de Milsom Street. En lugar de ponerse el abrigo, el general ordenó que lo extendiesen en el asiento del tílburi donde acompañaría a su hijo. En el faetón, aunque irían tres personas y la doncella de su hija lo había llenado de bultos, no quitaron el asiento central, y Catherine temía que no hubiera sitio para ella, así que, cuando el general la ayudó a entrar, se hallaba tan embargada por este temor, que le costó bastante impedir que tiraran al suelo su escritorio nuevo. Sin embargo, la portezuela del coche de las tres mujeres se cerró por fin y la comitiva se puso en marcha al mesurado paso en que las hermosas y bien alimentadas cabalgaduras de un caballero suelen cubrir un trayecto de treinta millas, pues tal es la distancia que separa Northanger de Bath, que iba a ser dividida en dos etapas iguales. Catherine recuperó la animación cuando se alejaron de la casa, pues en compañía de la señorita Tilney no sentía ninguna tirantez, así que, con la interesante perspectiva de una carretera completamente desconocida, una abadía por delante y Henry en otro coche detrás de ella, lanzó sin pena una última mirada a Bath y empezó a ver cómo los mojones desfilaban ante sus ojos antes de lo que esperaba. Más tarde, el aburrimiento y las molestias de una parada de dos horas en Petty France, donde no había nada que hacer aparte de comer sin apetito y dar vueltas sin nada que ver, hicieron disminuir su admiración por el modo en que viajaban: el elegante faetón, los postillones en los estribos vestidos con ricas libreas y varios criados de escolta adecuadamente montados. Si sus acompañantes hubieran sido irreprochables, la demora no habría significado nada, pero aunque el general Tilney era un hombre encantador, parecía estar siempre dominando el estado de ánimo de sus hijos y apenas se decía nada fuera de lo que él hablaba; lo cual, unido a su descontento con lo que ofrecía la posada y su irritada impaciencia con los mozos, suscitó en Catherine un miedo cada vez mayor hacia él, haciendo que las dos horas parecieran cuatro. Sin embargo, la orden de partir llegó por fin, y Catherine se sorprendió cuando el general le propuso que ocupara su lugar en el tílburi de su hijo durante el resto del viaje, pues «el día era espléndido y estaba deseando que ella disfrutase lo más posible del paisaje».