La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger —Si no me equivoco, había usted supuesto tales horrores que apenas tengo palabras para… Querida señorita Morland, ¡considere el carácter tremendo de las suposiciones que usted albergaba! ¿Basándose en qué hechos estaba usted juzgando? Recuerde el país y la época en que vivimos. Recuerde que somos ingleses y cristianos. Tenga confianza en su propio entendimiento, en su propio sentido de lo plausible, en su observación de lo que ocurre a su alrededor. ¿Es que nuestra educación nos prepara para semejantes atrocidades? ¿Es que nuestras leyes las permiten? ¿Podría perpetrarse algo así impunemente en un país como éste donde las relaciones sociales se hallan en esta situación? ¿En un país donde todos y cada uno de nosotros vivimos rodeados de un vecindario de espías voluntarios y donde las comunicaciones y los periódicos permiten que todo se divulgue? Queridísima señorita Morland, ¿qué ideas ha dejado que invadan su mente?
Habían llegado al final del pasillo y, llorando avergonzada, Catherine se fue corriendo a su habitación.