La Abadía de Northanger

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Recibí tus dos amables misivas con el máximo regocijo, y tengo que pedirte un millar de disculpas por no haberlas contestado antes. La verdad es que estoy avergonzadísima de mi gandulería, pero en este sitio tan horrible no encuentra una tiempo para nada. He estado a punto de empezar una carta, y con la pluma en la mano, casi todos los días desde que te fuiste de Bath, pero siempre se me cruzaba alguna nadería que me impedía hacerlo. Te suplico que me escribas a Putney. Gracias a Dios, nos vamos mañana de este horrible lugar. Desde que te marchaste no he disfrutado en él, hay más polvo que nunca y toda la gente que me interesa se ha marchado. Creo que si estuvieras aquí, no me importaría lo demás; te estimo más de lo que nadie pueda pensar. Me siento muy inquieta por tu querido hermano, pues no sé nada de él desde que se marchó a Oxford y me temo que exista algún malentendido. Tus buenos oficios dejarán todo en claro; James es la única persona a la que he amado y he podido amar, y confío en poder convencerle de ello. Las modas de primavera han empezado a proliferar; los sombreros son lo más horrible que puedas imaginarte. Espero que lo estés pasando divinamente, pero temo que nunca te acuerdes de mí. No voy a decirte todo lo que pienso sobre la familia que te ha invitado, porque no sería generoso y te enfrentaría con la gente que estimas; pero es muy difícil saber en quién confiar, y los jóvenes nunca saben lo que quieren de un día para otro. Me alegra decir que cierto joven al que aborrezco especialmente ha abandonado Bath. Por esta descripción, podrás deducir que me refiero al capitán Tilney, quien, como recordarás, se dedicaba a perseguirme y fastidiarme ya antes de que te marcharas. Después, la cosa fue a peor y el señor Tilney se convirtió en mi auténtica sombra. Más de una muchacha habría picado con él, porque hay pocos que prodiguen tantas atenciones a una mujer; pero la inconstancia de los hombres la conozco demasiado bien… Se marchó con su regimiento hace dos días y espero no volver a tener la desgracia de aguantarle. Es el individuo más fatuo que he conocido jamás, además de ser increíblemente desagradable. Los dos últimos días iba a todos lados con Charlotte Davis. Compadezco su mal gusto, pero a mí me daba igual. La última vez que nos encontramos fue en Bath Street y me metí en seguida en una tienda para evitar que me dirigiera la palabra; ni siquiera lo pensaba mirar. Después fue al salón del balneario, pero no lo hubiera seguido por nada del mundo. ¡Qué diferencia entre él y tu hermano! Te suplico que me mandes noticias suyas. Estoy muy preocupada por él. ¡Parecía tan molesto cuando se marchó! Se había resfriado o algo así, y por eso debió de ser. Le escribiría yo misma, pero he perdido su dirección y, como te decía antes, temo que haya malinterpretado algo que hice. Te suplico que se lo expliques todo para que quede satisfecho y, si todavía alberga alguna duda, con unas líneas o una visita a Putney la próxima vez que vuelva a la ciudad quedará todo el asunto en claro. No voy a los salones del balneario ni al teatro desde hace siglos; salvo anoche, que fuimos con los Hodge a una fiesta, pero porque me engatusaron. Estaba decidida a que no dijeran que me encerraba en casa porque se había marchado Tilney. Resultó que nos sentamos junto a los Mitchell y fingieron sorprenderse muchísimo de que hubiera salido. Sé por qué me desprecian; antes no sabían ser educados conmigo y ahora son todo zalamerías. Pero no soy tan tonta como para dejarme engañar por ellos. Ya sabes que tengo bastante carácter. Anne Mitchell llevaba un turbante parecido al que me puse la semana anterior en el concierto, pero le quedaba horrible; a mí me favorecía por esta cara tan rara que tengo. Bueno, al menos eso me dijo Tilney. Decía que todos se fijaban en mí; aunque es la última persona del mundo de quien me fiaría. Ahora voy siempre de violeta; ya sé que me queda fatal, pero no importa, es el color favorito de tu querido hermano. No tardes, mi querida, queridísima Catherine, y escríbenos a él y a mí.


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