La AbadÃa de Northanger
La AbadÃa de Northanger Sabiendo que si lo seguÃa aplazando podrÃa parecerle difÃcil sacar a colación asunto tan desagradable, aprovechó la primera oportunidad en que estuvo a solas con Eleanor y, aunque ella le estaba refiriendo algo muy diferente, le planteó la necesidad de abandonarles pronto. Eleanor se la quedó mirando y confesó su preocupación. Dijo que habÃa esperado poder disfrutar de su compañÃa durante mucho más tiempo, creyendo, tal vez guiada por sus deseos, que Catherine habÃa prometido una visita mucho más larga. Añadió que si sus padres sabÃan bien el placer que significaba para ella su compañÃa, tendrÃan la generosidad de no apremiarla para que regresara.
—¡Oh, no! No es por eso, mis padres no tienen la menor prisa —explicó Catherine—. Siempre que yo esté a gusto, ellos estarán satisfechos.
—Entonces ¿puedo preguntar a qué se debe esa prisa por abandonarnos?
—Es que llevo aquà tanto tiempo…
—En fin, si usas esos términos, no insistiré más. Si lo consideras mucho tiempo…
—¡Oh, no! Claro que no. Por lo que a mà se refiere, me quedarÃa con gusto otro tanto.