La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger El único delito del que Catherine podía acusarse era de tal naturaleza que resultaba casi imposible que hubiera llegado a oídos del general. Henry y ella eran los únicos que conocían las vergonzosas sospechas que ella tan gratuitamente había sustentado; y este secreto lo consideraba igualmente seguro en los dos. Henry no podía haberla traicionado, al menos deliberadamente. Pero, si por alguna extraña mala suerte su padre había tenido noticia de lo que Catherine se había atrevido a pensar o de sus infundadas fantasías y ofensivas investigaciones, ella no podía admirarse en absoluto de su indignación. Si estaba al corriente de que le había tenido por asesino, no podía sorprenderle que la hubiera echado de su casa. Pero Catherine confiaba en que el general no dispusiera de una justificación que le causara a ella tales torturas. Inquietantes como eran todas sus cébalas a este respecto, no constituían, sin embargo, la cuestión que centraba sus reflexiones. Había una idea aún más inmediata, una preocupación más dominante y más impetuosa: lo que pensara Henry, lo que sentiría, la cara que pondría cuando regresara al día siguiente a Northanger y oyese que se había marchado, eran cuestiones cuya fuerza e interés dominaban a todas las demás; sin dejar de ser nunca irritantes unas y tranquilizadoras otras. A veces imaginaba con temor la calmada conformidad de Henry y otras sentía una reconfortante confianza en la congoja y el disgusto que su partida le causarían. Desde luego, Henry no se atrevería a hablar con el general, pero a Eleanor, ¿qué no le diría a Eleanor sobre ella?