La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Su conversación giró en torno a esos temas cuyo amplio comentario suele desempeñar un papel clave en el logro de una rápida intimidad entre dos muchachas jóvenes: los vestidos, los bailes, los coqueteos y la gente ridícula. Sin embargo, al ser cuatro años mayor que Catherine, la señorita Thorpe estaba por lo menos cuatro años mejor informada que ella y la aventajaba claramente en estos temas: podía comparar las fiestas de Bath con las de Tunbridge y sus modas con las de Londres, podía rectificar las opiniones de su nueva amiga sobre numerosos adornos de buen gusto, sabía descubrir un amorío entre un caballero y una dama que sólo se sonreían y podía detectar un tipo raro entre la más densa concurrencia. Estas facultades eran admiradas en su justa medida por Catherine, para quien resultaban enteramente nuevas. Y el respeto que inspiraban de manera natural podía haber sido demasiado grande para impedir la familiaridad si la fácil animación de los modales de la señorita Thorpe y sus frecuentes efusiones de alegría por haberla conocido, no hubieran amortiguado cualquier sentimiento de admiración dejándolo sólo en un tierno afecto. La creciente simpatía que se profesaban mutuamente no se limitó a media docena de paseos por el salón del balneario, sino que requirió, cuando juntas lo abandonaron, que la señorita Thorpe acompañase a la señorita Morland hasta la misma puerta de la casa del señor Allen para allí despedirse de ella con un apretón de manos sumamente afectuoso y prolongado, tras haber averiguado ambas, para alivio mutuo, que por la noche se verían de un palco a otro del teatro y a la mañana siguiente acudirían a rezar a la misma capilla. Catherine corrió entonces escaleras arriba y observó desde la ventana del salón cómo la señorita Thorpe se alejaba calle abajo, a la vez que admiraba el garbo de sus andares, qué a la moda estaban su figura y su vestido, y agradecía, y bien podía hacerlo, la casualidad que le había permitido conocer a una amiga así.