La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Aquella noche Catherine no estuvo en el teatro tan atenta a devolver los gestos y sonrisas de Isabella, actividad que ciertamente ocupó buena parte de su ocio, como para olvidarse de buscar con ojos inquisitivos al señor Tilney en todos los palcos que alcanzaba su vista; pero fue en vano. Al señor Tilney parecía interesarle aquella obra de teatro tan poco como el salón del balneario. Confiaba en ser más afortunada al día siguiente, y, cuando sus deseos de que hiciera buen tiempo se vieron cumplidos, apenas dudó de que esto fuera así, pues un domingo de sol en Bath nadie se queda en casa, y todo el mundo parece andar de un lado a otro comentando con su acompañante el estupendo día que hace.