La Abadía de Northanger
La Abadía de Northanger Nadie que hubiera visto a Catherine Morland en su infancia habría podido imaginar nunca que estaba llamada a ser una heroína. Su posición social, el carácter de sus progenitores, su propio físico y su manera de ser se confabulaban en igual medida contra ella. Su padre, pastor protestante, no era una persona abandonada ni pobre, sino muy respetable, si bien se llamaba Richard[2]; y no había sido nunca excesivamente bien parecido. Gozaba de una considerable holgura económica, aparte de dos sustanciosos beneficios eclesiásticos, y no era nada dado a encerrar a sus hijas en casa. Su madre era una mujer dotada de un sencillo sentido práctico, de buen carácter y, lo que es más importante, de una constitución sana. Antes de nacer Catherine había tenido tres hijos y, en lugar de morir de parto al traerla al mundo, como podía esperarse, siguió viviendo, tuvo otros seis más y los vio crecer a su alrededor disfrutando ella misma de una salud de hierro. Una familia feliz con diez hijos no puede dejar de considerarse una familia excelente, siempre que no le falten las correspondientes cabezas, brazos y piernas, pero los Morland tenían pocas razones más para considerarse excelentes, pues, por lo demás, eran bastante corrientes, y Catherine, durante muchos años, fue tan corriente como la que más. Era delgada y desgarbada y tenía la tez macilenta. Su cabello era oscuro y lacio y sus facciones, toscas. Esto por lo que se refiere a su aspecto físico. Pero su espíritu parecía aún menos propicio al heroísmo. Le gustaban todos los juegos de muchachos y prefería siempre el criquet no sólo a jugar con muñecas, sino a todos esos entretenimientos más propios de la infancia de una heroína, como son el cuidar un ratoncito, dar de comer a los canarios o regar los rosales. Lo cierto es que no le gustaba nada la jardinería y si alguna vez cogía flores era únicamente por el gusto de hacer alguna travesura o, cuando menos, tal podía deducirse del hecho de que siempre prefiriese coger las que no debía. Éstas eran sus proclividades; pero tampoco su talento era extraordinario. Nunca aprendió ni comprendió nada que no le hubieran enseñado de antemano y, en ocasiones, ni siquiera así, porque solía ser bastante distraída y, a veces, obtusa. Su madre dedicó tres meses a enseñarle a repetir la Beggar’s Petition[3], transcurridos los cuales su hermanita Sally se la sabía mejor que ella. Y tampoco es que Catherine fuese siempre así de obtusa, porque aprendió la fábula The Hare and Many Friends[4] tan de prisa como cualquier niña inglesa. Su madre quiso que estudiara música, y también Catherine estaba segura de que le iba a gustar, pues era muy aficionada a teclear una antigua espineta que andaba por la casa; así que a los ocho años empezó las clases. Duraron un año, pero no pudo soportarlas por más tiempo, y su madre, que no exigía que sus hijas sobresalieran en algo que fuera en contra de su disposición o gusto, no hizo nada por que continuase. El día en que despidieron al profesor de música fue uno de los más felices de la vida de Catherine. Su afición al dibujo no era mayor, si bien siempre que encontraba a mano algún papel de cartas de su madre o un papelito suelto, hacía sus pinitos y dibujaba casas y árboles, gallinas y pollitos, todos ellos muy parecidos. A escribir y a sumar le enseñó su padre; el francés, su madre; pero su competencia en estas materias no era gran cosa y se saltaba las clases siempre que podía. Su carácter era en suma extraño e inexplicable, pues pese a todos estos síntomas de disipación a la edad de diez años, no tenía ni mal corazón ni mal genio; rara vez era obstinada, casi nunca pendenciera y con los hermanos menores era amable, salvo en contados arrebatos de despotismo. Era, eso sí, ruidosa y alocada, aborrecía que la encerraran, detestaba la pulcritud y nada le gustaba tanto en el mundo como bajar revolcándose por una pendiente de hierba que había en la parte trasera de la casa.