Mansfield Park
Mansfield Park No consiguió la señorita Crawford hacer que Fanny olvidara el incidente. Al terminar la velada se marchó a la cama todavía embargada por él, con los nervios alterados por la violencia del ataque de su primo Tom, tan público e insistente, y el ánimo por los suelos a causa de las desabridas reflexiones y reproches de su tía. Llamarle la atención de esa manera, escuchar lo que no era sino preludio de algo infinitamente peor, insistirle en que hiciera algo tan imposible como tomar parte en una obra de teatro, y lanzarle luego la acusación de terquedad e ingratitud, reforzándola con una alusión a la dependencia de su situación, había sido demasiado desagradable en su momento para que perdiese importancia al recordarlo sola; sobre todo, con el temor añadido de lo que podía ocurrir por la mañana como continuación del asunto. La señorita Crawford la había protegido sólo de momento; si volvían a pedírselo con toda la perentoria autoridad de que eran capaces Tom y Maria, y Edmund no estaba presente… ¿qué haría? Se durmió sin poder responder a tal pregunta; y a la mañana siguiente, al despertar, la halló igual de insoluble. Dado que el pequeño ático blanco —que era su dormitorio desde que se incorporó a la familia— no le sugería ninguna respuesta, acudió, en cuanto estuvo vestida, a una habitación de la que venía siendo casi igualmente dueña desde hacía un tiempo, y que era más amplia y conveniente para pasear y pensar. Había sido la clase; y así la habían llamado, hasta que las señoritas Bertram se negaron a seguir dándole ese nombre, aunque fue utilizada como tal hasta algún tiempo después. Allí había vivido la señorita Lee, allí habían aprendido ellas a leer y a escribir, y habían charlado y reído, hasta hacía menos de tres años, en que las dejó la señorita Lee. La habitación había quedado entonces sin uso, y durante un tiempo permaneció completamente abandonada, salvo por Fanny, que entraba a visitar sus plantas o a coger alguno de los libros que todavía le gustaba guardar allí, dado el poco espacio y acomodo de su cuartito de arriba; pero poco a poco, al darse cuenta de la comodidad que representaba, había ido trasladando más pertenencias, y pasaba más tiempo en ella; y dado que no había nada que se lo impidiese, había ido tomando posesión de una manera tan simple y natural, que todos la reconocieron como suya. La habitación del este —como la llamaban desde que Maria Bertram cumplió dieciséis años— era considerada ahora de Fanny casi tan decididamente como el ático blanco; la pequeñez de la una hacía el uso de la otra tan razonable que las señoritas Bertram, cuyas habitaciones eran todo lo superiores que su sentido de la superioridad exigía, lo aprobaban por entero. En cuanto a la señora Norris, tras estipular que no se encendiese en ella nunca la chimenea para Fanny, se resignó relativamente a que utilizase lo que nadie quería; aunque los términos en que a veces hablaba de esta concesión parecían dar a entender que era el mejor salón de la casa.
