Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Un dÃa o dos transcurrieron antes de que Jane tuviese el valor de confesar sus sentimientos a su hermana; pero, al fin, en un momento en que la señora Bennet las dejó solas después de haberse irritado más que de costumbre con el tema de Netherfield y su dueño, la joven no lo pudo resistir y exclamó:
―¡Si mi querida madre tuviese más dominio de sà misma! No puede hacerse idea de lo que me duelen sus continuos comentarios sobre el señor Bingley. Pero no me pondré triste. No puede durar mucho. Lo olvidaré y todos volveremos a ser como antes.
Elizabeth, solÃcita e incrédula, miró a su hermana, pero no dijo nada.
―¿Lo dudas? ―preguntó Jane ligeramente ruborizada―. No tienes motivos. Le recordaré siempre como el mejor hombre que he conocido, eso es todo. Nada tengo que esperar ni que temer, y nada tengo que reprocharle. Gracias a Dios, no me queda esa pena. Asà es que dentro de poco tiempo, estaré mucho mejor.
Con voz más fuerte añadió después:
―Tengo el consuelo de pensar que no ha sido más que un error de la imaginación por mi parte y que no ha perjudicado a nadie más que a mà misma.