Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Nunca vi una atracción más prometedora. Cuando estaba con Jane no prestaba atención a nadie más, se dedicaba por entero a ella. Cada vez que se veÃan era más cierto y evidente. En su propio baile desairó a dos o tres señoritas al no sacarlas a bailar y yo le dirigà dos veces la palabra sin obtener respuesta. ¿Puede haber sÃntomas más claros? ¿No es la descortesÃa con todos los demás, la esencia misma del amor?
―De esa clase de amor que me figuro que sentÃa Bingley, sÃ. ¡Pobre Jane! Lo siento por ella, pues dado su modo de ser, no olvidará tan fácilmente. HabrÃa sido mejor que te hubiese ocurrido a ti, Lizzy; tú te habrÃas resignado más pronto. Pero, ¿crees que podremos convencerla de que venga con nosotros a Londres? Le conviene un cambio de aires, y puede que descansar un poco de su casa le vendrÃa mejor que ninguna otra cosa.
A Elizabeth le pareció estupenda esta proposición y no dudó de que su hermana la aceptarÃa.
―Supongo ―añadió― que no la detendrá el pensar que pueda encontrarse con ese joven. Vivimos en zonas de la ciudad opuestas, todas nuestras amistades son tan distintas y, como tú sabes, salimos tan poco, que es muy poco probable que eso suceda, a no ser que él venga expresamente a verla.