Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio En vano preguntó Elizabeth lo que pasaba. MarÃa no quiso decirle más, ambas acudieron al comedor, cuyas ventanas daban al camino, para ver la maravilla. Ésta consistÃa sencillamente en dos señoras que estaban paradas en la puerta del jardÃn en un faetón bajo.
―¿Y eso es todo? ―exclamó Elizabeth―. ¡Esperaba por lo menos que los puercos hubiesen invadido el jardÃn, y no veo más que a lady Catherine y a su hija!
―¡Oh, querida! ―repuso MarÃa extrañadÃsima por la equivocación―. No es lady Catherine. La mayor es la señora Jenkinson, que vive con ellas. La otra es la señorita de Bourgh. MÃrala bien. Es una criaturita. ¡Quién habrÃa creÃdo que era tan pequeña y tan delgada!
―Es una groserÃa tener a Charlotte en la puerta con el viento que hace. ¿Por qué no entra esa señorita?
―Charlotte dice que casi nunca lo hace. SerÃa el mayor de los favores que la señorita de Bourgh entrase en la casa.
―Me gusta su aspecto ―dijo Elizabeth, pensando en otras cosas―. Parece enferma y malhumorada. SÃ, es la mujer apropiada para él, le va mucho.