Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Después de examinar a la madre, en cuyo semblante y conducta encontró en seguida cierto parecido con Darcy, volvió los ojos hacia la hija, y casi se asombró tanto como María al verla tan delgada y tan menuda. Tanto su figura como su cara no tenían nada que ver con su madre. La señorita de Bourgh era pálida y enfermiza; sus facciones, aunque no feas, eran insignificantes; hablaba poco y sólo cuchicheaba con la señora Jenkinson, en cuyo aspecto no había nada notable y que no hizo más que escuchar lo que la niña le decía y colocar un cancel en la dirección conveniente para protegerle los ojos del sol.
Después de estar sentados unos minutos, los llevaron a una de las ventanas para que admirasen el panorama; el señor Collins los acompañó para indicarles bien su belleza, y lady Catherine les informó amablemente de que en verano la vista era mucho mejor.