Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio El coronel Fitzwilliam iba delante; tendría unos treinta años, no era guapo, pero en su trato y su persona se distinguía al caballero. Darcy estaba igual que en Hertfordshire; cumplimentó a la señora Collins con su habitual reserva, y cualesquiera que fuesen sus sentimientos con respecto a Elizabeth, la saludó con aparente impasibilidad. Elizabeth se limitó a inclinarse sin decir palabra. El coronel Fitzwilliam tomó parte en la conversación con la soltura y la facilidad de un hombre bien educado, era muy ameno; pero su primo, después de hacer unas ligeras observaciones a la señora Collins sobre el jardín y la casa, se quedó sentado durante largo tiempo sin hablar con nadie. Por fin, sin embargo, su cortesía llegó hasta preguntar a Elizabeth cómo estaba su familia. Ella le contestó en los términos normales, y después de un momento de silencio, añadió:
―Mi hermana mayor ha pasado estos tres meses en Londres. ¿No la habrá visto, por casualidad?
Sabía de sobra que no la había visto, pero quería ver si le traicionaba algún gesto y se le notaba que era consciente de lo que había ocurrido entre los Bingley y Jane; y le pareció que estaba un poco cortado cuando respondió que nunca había tenido la suerte de encontrar a la señorita Bennet. No se habló más del asunto, y poco después los caballeros se fueron.