Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ¡Qué diferente le parecía ahora todo lo que se refería a Wickham! Sus atenciones para con la señorita King eran ahora única y exclusivamente la consecuencia de sus odiosas perspectivas de cazador de dotes, y la mediocridad de la fortuna de la señorita ya no eran la prueba de la moderación de sus ambiciones, sino el afán de agarrarse a cualquier cosa. Su actitud con Elizabeth no podía tener ahora un motivo aceptable: o se había engañado al principio en cuanto a sus bienes, o había tratado de halagar su propia vanidad alimentando la preferencia que ella le demostró incautamente. Todos los esfuerzos que hacía para defenderle se iban debilitando progresivamente. Y para mayor justificación de Darcy, no pudo menos que reconocer que Bingley, al ser interrogado por Jane, proclamó tiempo atrás la inocencia de Darcy en aquel asunto; que por muy orgulloso y repelente que fuese, nunca, en todo el curso de sus relaciones con él ―relaciones que últimamente les habían acercado mucho, permitiéndole a ella conocer más a fondo su carácter―, le había visto hacer nada innoble ni injusto, nada por lo que pudiera tachársele de irreligioso o inmoral; que entre sus amigos era apreciado y querido, y que hasta el mismo Wickham había reconocido que era un buen hermano. Ella también le había oído hablar de su hermana con un afecto tal que demostraba que tenía buenos sentimientos. Si hubiese sido como Wickham le pintaba, capaz de tal violación de todos los derechos, habría sido difícil que nadie lo supiera, y la amistad entre un ser semejante y un hombre tan amable como Bingley habría sido incomprensible.