Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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De sí misma a Jane y de Jane a Bingley, sus pensamientos recorrían un camino que no tardó en conducirla a recordar que la explicación que Darcy había dado del asunto de éstos le había parecido muy insuficiente, y volvió a leerla. El efecto de esta segunda lectura fue muy diferente. ¿Cómo no podía dar crédito a lo que Darcy decía sobre uno de los puntos, si se había visto forzada a dárselo en el otro? Darcy declaraba haber sospechado siempre que Jane no sentía ningún amor por Bingley, y Elizabeth recordó cuál había sido la opinión de Charlotte. Tampoco podía discutir la exactitud de su descripción de Jane; a Elizabeth le constaba que los sentimientos de su hermana, aunque fervientes, habían sido poco exteriorizados; y que la constante complacencia en su aire y maneras a menudo no iba unida a una gran sensibilidad.

Cuando llegó a la parte de la carta donde Darcy mencionaba a su familia en términos de tan humillantes aunque merecidos reproches, Elizabeth sintió verdadera vergüenza. La justicia de sus acusaciones le parecía demasiado evidente para que pudiera negarla, y las circunstancias a las que aludía en particular como ocurridas en el baile de Netherfield, no le podían haber impresionado a él más de lo que le habían abochornado a ella.


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