Orgullo y prejuicio

Orgullo y prejuicio

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El tumulto de la mente de Elizabeth se apaciguó con esta conversación. Había descargado uno de los dos secretos que durante quince días habían pesado sobre su alma, y sabía que Jane la escucharía siempre de buen grado cuando quisiese hablar de ello. Pero todavía ocultaba algo que la prudencia le impedía revelar. No se atrevía a descubrir a su hermana la otra mitad de la carta de Darcy, ni decirle con cuánta sinceridad había sido amada por su amigo. Era un secreto suyo que con nadie podía compartir, y sabía que sólo un acuerdo entre Jane y Bingley justificaría su confesión. «Y aun entonces ―se decía― sólo podría contarle lo que el mismo Bingley creyese conveniente participarle. No tendré libertad para revelar este secreto hasta que haya perdido todo su valor.»

Como estaba todo el día en casa, tenía ocasión de estudiar el verdadero estado de ánimo de su hermana. Jane no era feliz; todavía quería a Bingley tiernamente. Nunca hasta entonces había estado enamorada, y su cariño tenía todo el fuego de un primer amor, pero su edad y su carácter le daban una firmeza que no suelen tener los amores primeros. No podía pensar más que en Bingley y se requería todo su buen sentido y su atención a su familia para moderar aquellos recuerdos que podían acabar con su salud y con la tranquilidad de los que la rodeaban.


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