Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio «¡Y pensar ―se decÃa― que habrÃa podido ser dueña de todo esto! ¡Estas habitaciones podrÃan ahora ser las mÃas! ¡En lugar de visitarlas como una forastera, podrÃa disfrutarlas y recibir en ellas la visita de mis tÃos! Pero no ―repuso recobrándose―, no habrÃa sido posible, hubiese tenido que renunciar a mis tÃos; no se me hubiese permitido invitarlos.»
Esto la reanimó y la salvó de algo parecido al arrepentimiento.
QuerÃa averiguar por el ama de llaves si su amo estaba de veras ausente, pero le faltaba valor. Por fin fue su tÃo el que hizo la pregunta y Elizabeth se volvió asustada cuando la señora Reynolds dijo que sÃ, añadiendo:
―Pero le esperamos mañana. Va a venir con muchos amigos.
Elizabeth se alegró de que su viaje no se hubiese aplazado un dÃa por cualquier circunstancia.
Su tÃa la llamó para que viese un cuadro. Elizabeth se acercó y vio un retrato de Wickham encima de la repisa de la chimenea entre otras miniaturas. Su tÃa le preguntó sonriente qué le parecÃa. El ama de llaves vino a decirles que aquel era una joven hijo del último administrador de su señor, educado por éste a expensas suyas.
―Ahora ha entrado en el ejército ――añadió― y creo que es un bala perdida.