Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio La señora Gardiner venÃa un poco más atrás y Darcy aprovechó el silencio de Elizabeth para que le hiciese el honor de presentarle a sus amigos. Elizabeth no estaba preparada para este rasgo de cortesÃa, y no pudo evitar una sonrisa al ver que pretendÃa conocer a una de aquellas personas contra las que su orgullo se habÃa rebelado al declarársele. «¿Cuál será su sorpresa ―pensó― cuando sepa quiénes son? Se figura que son gente de alcurnia.»
Hizo la presentación al punto y, al mencionar el parentesco, miró rápidamente a Darcy para ver el efecto que le hacÃa y esperó que huirÃa a toda prisa de semejante compañÃa. Fue evidente que Darcy se quedó sorprendido, pero se sobrepuso y en lugar de seguir su camino retrocedió con todos ellos y se puso a conversar con el señor Gardiner. Elizabeth no pudo menos que sentirse satisfecha y triunfante. Era consolador que Darcy supiera que tenÃa parientes de los que no habÃa por qué avergonzarse. Escuchó atentamente lo que decÃan y se ufanó de las frases y observaciones de su tÃo que demostraban su inteligencia, su buen gusto y sus excelentes modales.