Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio He estado pensándolo otra vez, Elizabeth ―le dijo su tĂo cuando salĂan de la ciudad―, y finalmente, despuĂ©s de serias consideraciones, me siento inclinado a adoptar el parecer de tu hermana mayor. Me parece poco probable que Wickham quiera hacer daño a una muchacha que no carece de protecciĂłn ni de amigos y que estaba viviendo con la familia Forster. No iba a suponer que los amigos de la chica se quedarĂan con los brazos cruzados, ni que Ă©l volverĂa a ser admitido en el regimiento tras tamaña ofensa a su coronel. La tentaciĂłn no es proporcional al riesgo.
―¿Lo crees asà de veras? ―preguntó Elizabeth animándose por un momento.
―Yo tambiĂ©n empiezo a ser de la opiniĂłn de tu tĂo ―dijo la señora Gardiner―. Es una violaciĂłn demasiado grande de la decencia, del honor y del propio interĂ©s, para haber obrado tan a la ligera. No puedo admitir que Wickham sea tan insensato. Y tĂş misma, Elizabeth, Âżle tienes en tan mal concepto para creerle capaz de una locura semejante?
―No lo creo capaz de olvidar su propia conveniencia, pero sĂ de olvidar todo lo que no se refiera a ello. ¡Ojalá fuese como vosotros decĂs! Yo no me atrevo a esperarlo. Y si no, Âżpor quĂ© no han ido a Escocia?
―En primer lugar ―contestó el señor Gardiner―, no hay pruebas de que no hayan ido.
