Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio ―Oh, los señores llevarán el landó del señor Bingley a Meryton y los Hurst no tienen caballos propios.
―PreferirÃa ir en el carruaje.
―Pero querida, tu padre no puede prestarte los caballos. Me consta. Se necesitan en la granja. ¿No es asÃ, señor Bennet?
―Se necesitan más en la granja de lo que yo puedo ofrecerlos.
―Si puedes ofrecerlos hoy ―dijo Elizabeth―, los deseos de mi madre se verán cumplidos.
Al final animó al padre para que admitiese que los caballos estaban ocupados. Y, por fin, Jane se vio obligada a ir a caballo. Su madre la acompañó hasta la puerta pronosticando muy contenta un dÃa pésimo.
Sus esperanzas se cumplieron; no hacÃa mucho que se habÃa ido Jane, cuando empezó a llover a cántaros. Las hermanas se quedaron intranquilas por ella, pero su madre estaba encantada. No paró de llover en toda la tarde; era obvio que Jane no podrÃa volver...
―Verdaderamente, tuve una idea muy acertada ―repetÃa la señora Bennet.
Sin embargo, hasta la mañana siguiente no supo nada del resultado de su oportuna estratagema. Apenas habÃa acabado de desayunar cuando un criado de Netherfield trajo la siguiente nota para Elizabeth: