Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio «Si no se dirige hacia mà ―se decÃa― me daré por vencida.»
Entraron los caballeros y pareció que Darcy iba a hacer lo que ella anhelaba; pero desgraciadamente las señoras se habÃan agrupado alrededor de la mesa en donde la señora Bennet preparaba el té y Elizabeth servÃa el café, estaban todas tan apiñadas que no quedaba ningún sito libre a su lado ni lugar para otra silla. Al acercarse los caballeros, una de las muchachas se aproximó a Elizabeth y le dijo al oÃdo:
―Los hombres no vendrán a separarnos; ya lo tengo decidido; no nos hacen ninguna falta, ¿no es cierto?
Darcy entonces se fue a otro lado de la estancia. Elizabeth le seguÃa con la vista y envidiaba a todos con quienes conversaba; apenas tenÃa paciencia para servir el café, y llegó a ponerse furiosa consigo misma por ser tan tonta.
«¡Un hombre al que he rechazado! Loca debo estar si espero que renazca su amor. No hay un solo hombre que no se rebelase contra la debilidad que supondrÃa una segunda declaración a la misma mujer. No hay indignidad mayor para ellos.»
Se reanimó un poco al ver que Darcy venÃa a devolverle la taza de café, y ella aprovechó la oportunidad para preguntarle:
―¿Sigue su hermana en Pemberley?