Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Pero a los pocos minutos la señora Bennet abrió la puerta y le dijo a Elizabeth:
―Ven, querida. Tengo que hablarte.
Elizabeth no tuvo más remedio que salir.
―Dejémoslos solos, ¿entiendes? ―le dijo su madre en el vestÃbulo―. Catherine y yo nos vamos arriba a mi cuarto.
Elizabeth no se atrevió a discutir con su madre; pero se quedó en el vestÃbulo hasta que la vio desaparecer con Catherine, y entonces volvió al salón.
Los planes de la señora Bennet no se realizaron aquel dÃa. Bingley era un modelo de gentileza, pero no el novio declarado de su hija. Su soltura y su alegrÃa contribuyeron en gran parte a la animación de la reunión de la noche; aguantó toda la indiscreción y las impertinencias de la madre y escuchó todas sus necias advertencias con una paciencia y una serenidad que dejaron muy complacida a Jane.
Apenas necesitó que le invitaran para quedarse a cenar y, antes de que se fuera, la señora Bennet le hizo una nueva invitación para que viniese a la mañana siguiente a cazar con su marido.