Orgullo y prejuicio
Orgullo y prejuicio Esto bastaba para demostrar que su aprobación era indudable. Elizabeth, encantada de que aquellas efusiones no hubiesen sido oÃdas más que por ella, se fue en seguida. Pero no hacÃa tres minutos que estaba en su cuarto, cuando entró su madre.
―¡Hija de mi corazón! ―exclamó . No puedo pensar en otra cosa. ¡Diez mil libras anuales y puede que más! ¡Vale tanto como un lord! Y licencia especial, porque debéis tener que casaros con licencia especial. Prenda mÃa, dime qué plato le gusta más a Darcy para que pueda preparárselo para mañana.
Mal presagio era esto de lo que iba a ser la conducta de la señora Bennet con el caballero en cuestión, y Elizabeth comprendió que a pesar de poseer el ardiente amor de Darcy y el consentimiento de toda su familia, todavÃa le faltaba algo. Pero la mañana siguiente transcurrió mejor de lo que habÃa creÃdo, porque, felizmente, su futuro yerno le infundÃa a la señora Bennet tal pavor, que no se atrevÃa a hablarle más que cuando podÃa dedicarle alguna atención o asentir a lo que él decÃa.
Elizabeth tuvo la satisfacción de ver que su padre se esforzaba en intimar con él, y le aseguró, para colmo, que cada dÃa le gustaba más.