Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon Éstos son algunos de los pensamientos que absorbían a Anne mientras sus dedos estuvieron tocando maquinalmente durante media hora seguida, sin error y sin conciencia. Una vez se dio cuenta de que él la miraba, que observaba su rostro cambiado, tratando quizá de encontrar en sus facciones las ruinas del rostro que en otro tiempo le cautivó; y una vez adivinó que estaba hablando de ella: no se dio cuenta hasta que oyó la respuesta; pero entonces tuvo la seguridad de que había preguntado a su pareja si la señorita Elliot no bailaba nunca. La respuesta fue: «¡Ah, no! Nunca; ha dejado completamente de bailar. Prefiere tocar. De tocar no se cansa nunca». Una vez, también, le dirigió la palabra. Había abandonado el instrumento al concluir el baile, y él se había sentado ante el piano para probar a tocar una tonada de la que quería dar idea a las señoritas Musgrove. Impensadamente, Anne regresó hacia esa parte del salón. La vio él, y dijo en seguida con estudiada cortesía:
—Perdón; he usurpado su sitio.
Y aunque ella retrocedió inmediatamente con una clara negativa, él no consintió en volver a sentarse.
Anne no quiso más miradas ni palabras. Su fría cortesía, su gracia ceremoniosa, eran peores que la indiferencia.