Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon Era un día agradable de noviembre, y las señoritas Musgrove se habían acercado cruzando el pequeño jardín para decirles sólo que iban a dar un largo paseo, y que suponían que a Mary no le apetecería acompañarlas; y cuando Mary replicó instantáneamente, algo picada por que no la tuvieran por buena andadora: «Claro que sí, estoy dispuestísima a ir con vosotras; me chiflan los largos paseos», Anne tuvo el convencimiento, por el gesto de las dos jóvenes, de que eso era exactamente lo que no deseaban, y admiró otra vez la especie de obligación que los hábitos familiares parecían imponer, de comunicarlo todo, y hacerlo todo juntas, incluso cuando no se deseaba o no fuera conveniente. Anne trató de disuadir a Mary, pero fue inútil; así que pensó que lo mejor era aceptar también la invitación que las señoritas Musgrove le hicieron a ella, mucho más cordial, ya que podía ser útil a la hora de regresar con su hermana, y para atenuar cualquier intromisión de ésta en los planes que tuvieran.
—¡No entiendo por qué creen que no me gustan los largos paseos! —dijo Mary cuando subía la escalera—. ¡Todo el mundo piensa que no me gusta andar! Sin embargo, no les habría gustado que rechazara su invitación. Cuando alguien viene así a pedirte una cosa, ¿cómo le vas a decir que no?