Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon Anne escuchaba, aunque sin acabar de comprender. Sabía que había que ser indulgentes, muy indulgentes, con la opinión de los que contaban todo esto. Lo interpretó como embellecido por ellos. Todo lo que parecía extravagante o irracional en el proceso de reconciliación no tenía otra realidad que las palabras de los narradores. No obstante, le daba la impresión de que en el deseo del señor Elliot de ser bien recibido, después de tantos años, había algo más de lo que aparecía a primera vista. Desde el punto de vista social no iba a ganar nada con restablecer sus relaciones con sir Walter, ni arriesgaba nada si seguía sin hablarse con él. Con toda probabilidad era el más rico de los dos, y las propiedades de Kellynch serían sin duda suyas en el futuro, lo mismo que el título. ¿Un hombre sensible? Si era tan sensible, ¿por qué se lo proponía como un objetivo? Sólo se le ocurría una explicación: tal vez era por Elizabeth. Tal vez le gustaba de antes, aunque la conveniencia y el azar le habían llevado por un camino diferente, y ahora que podía permitirse seguir su propia inclinación pretendía solicitarla. Elizabeth era desde luego muy guapa, educada y distinguida; en cuanto al carácter, seguramente el señor Elliot ignoraba por completo cómo era, dado que sólo la había conocido en público, o cuando era él muy joven. Muy distinto, y muy de temer quizá, era el juicio que podía merecer el carácter y manera de pensar de ella en esta etapa más intensa de la vida. Anne deseó muy sinceramente que el señor Elliot no fuera demasiado exigente ni demasiado observador, si pretendía a Elizabeth. Y parecía evidente que Elizabeth estaba dispuesta a creerlo así, y que —por una mirada o dos que cruzaron entre ellas mientras hablaban de las frecuentes visitas del señor Elliot— su amiga la señora Clay le fomentaba tal idea.