Persuasion & Sanditon
Persuasion & Sanditon Anne se vio obligada a desviar la mirada; se levantó, se dirigió a una mesa apartada, se inclinó sobre ella fingiendo hacer algo, y trató de dominar los sentimientos que esta descripción le había despertado. Durante unos momentos sintió embargados el corazón y la imaginación. La idea de convertirse en lo que había sido su madre, de revivir en ella el precioso título de «lady Elliot», de ser devuelta a Kellynch, al que volvería a llamar su hogar, su hogar para siempre, era un hechizo que por un momento no fue capaz de resistir. Lady Russell no dijo nada más, para dejar que la sugerencia obrase por sí misma, ¡y deseando que el señor Elliot hubiera podido hablar en este momento por sí mismo! En una palabra, creía lo que no creía Anne. La misma imagen del señor Elliot hablando por sí mismo devolvió la serenidad a Anne. Inmediatamente se disipó el encanto de Kellynch y «lady Elliot». No podía aceptarle. Y no era ya que sus sentimientos fueran adversos a todos los hombres menos uno: su juicio, tras una reflexión seria de las posibilidades del caso, había fallado en contra del señor Elliot.